Muestra de lectura
Capítulo V
El perfume de los naranjos
Córdoba, año 975
Cuando el primer sol de la mañana comenzaba a dorar las cúpulas de la ciudad, el agua ya cantaba en los patios del alcázar. Las fuentes despertaban antes que los hombres y llenaban el aire de un murmullo constante que se mezclaba con el perfume de los naranjos, el jazmín y las rosas que florecían entre galerías de mármol blanco. Desde las terrazas podía verse cómo la gran mezquita dominaba el horizonte con la serenidad de quien parecía haber estado allí desde el principio de los tiempos, mientras el río Guadalquivir reflejaba los primeros destellos del amanecer como una cinta de plata que atravesaba la ciudad.
Aquel palacio era mucho más que una residencia.
Era el lugar donde se tomaban decisiones capaces de cambiar el destino de miles de personas. Allí vivía Yusuf ibn Farid, valí de Córdoba y uno de los hombres de mayor confianza del califa. Gobernaba con justicia, escuchaba antes de juzgar y prefería resolver los conflictos con inteligencia antes que con la espada. Sus soldados lo respetaban por su valor; el pueblo, por su honestidad. Sin embargo, quienes realmente lo conocían sabían que su mayor virtud no era ninguna de aquellas.
Era la lealtad.
Y esa lealtad encontraba su reflejo más profundo en el cariño que sentía por su hermano menor.
Amir había pasado los últimos seis años combatiendo en las fortalezas de la frontera septentrional, donde las escaramuzas con los reinos cristianos eran constantes y la muerte acompañaba a los soldados con la misma naturalidad que el polvo de los caminos. Había partido siendo casi un muchacho y regresaba convertido en un hombre cuya mirada conservaba la serenidad de quien había aprendido demasiado pronto el verdadero precio de la guerra.
Aquella mañana cruzó la gran puerta del alcázar acompañado únicamente por su caballo y una pequeña escolta.
Yusuf descendió personalmente los escalones para recibirlo.
Los dos hermanos permanecieron unos segundos observándose en silencio.
Después se abrazaron con la fuerza contenida de quienes llevaban demasiados años esperando aquel momento.
—Pensé que la frontera terminaría robándome un hermano —dijo Yusuf sonriendo.
—Lo intentó más de una vez.
—Entonces será mejor que no vuelva a prestársela.
Ambos rieron.
Por primera vez en mucho tiempo, Amir sintió que el peso de los años de campaña comenzaba a desprenderse de sus hombros.
Mientras atravesaban juntos los jardines interiores, Yusuf le habló de la ciudad, de las nuevas obras, de las cosechas y de los asuntos políticos que ocupaban sus días. Amir escuchaba con atención, aunque una parte de él permanecía absorta contemplando la belleza del lugar. Las acequias recorrían los patios formando pequeños canales que dividían los jardines en perfectos cuadrados de flores y árboles frutales. El aire olía a azahar, y el canto lejano de un laúd llegaba desde alguna estancia del palacio como una melodía suspendida entre el agua y el viento.
—Hay alguien a quien deseo que conozcas —dijo Yusuf mientras cruzaban un pórtico sostenido por columnas de mármol.
Entraron en una sala abierta al jardín.
La luz atravesaba unas delicadas celosías de madera y dibujaba formas geométricas sobre el suelo. Junto a una ventana, sentada sobre un amplio cojín de seda, una mujer leía un manuscrito iluminado mientras una pluma descansaba entre sus dedos. No levantó la vista inmediatamente. Parecía completamente absorbida por las palabras que recorrían el pergamino.
Solo cuando Yusuf pronunció su nombre cerró lentamente el libro.
—Layla.
Ella sonrió.
No fue una sonrisa deslumbrante.
Fue una sonrisa tranquila, de esas que parecen capaces de hacer callar el ruido del mundo durante unos instantes.
Se puso en pie con elegancia y saludó a Amir inclinando levemente la cabeza.
—Bienvenido a casa.
Aquellas tres palabras bastaron.
El tiempo pareció detenerse.
Amir sintió que algo se estremecía en el lugar más profundo de su ser. No era deseo. Tampoco sorpresa. Era una sensación mucho más antigua, imposible de nombrar, como si una parte olvidada de sí mismo acabara de despertar tras siglos de silencio.
Layla sintió exactamente lo mismo.
Durante apenas un instante sus miradas permanecieron unidas.
Ninguno entendía por qué.
Era la primera vez que se veían.
Y, sin embargo, ambos tuvieron la absurda impresión de que llevaban toda una vida echándose de menos.
La sensación desapareció tan deprisa como había llegado.
Los dos desviaron discretamente la mirada.
Yusuf no advirtió nada.
Con la naturalidad de quien presentaba a las dos personas que más quería en el mundo, apoyó una mano sobre el hombro de su hermano.
—Layla es mucho más sabia que yo. Si alguna vez dudas entre seguir mi consejo o el suyo, hazle caso a ella.
Ella dejó escapar una suave risa.
—No le hagáis creer eso nada más llegar. Acabará pensando que gobierna un palacio donde manda su esposa.
—Todos los hombres inteligentes lo hacen —respondió Yusuf entre risas.
Amir sonrió con ellos.
Pero apenas escuchaba la conversación.
Algo dentro de él seguía intentando comprender aquella extraña emoción que había sentido al verla. Nunca había creído en los presagios ni en los sueños de los ancianos que aseguraban que las almas conservaban recuerdos de otras vidas. Siempre había considerado aquellas historias simples cuentos para entretener a los niños durante las noches de invierno.
Sin embargo, mientras observaba a Layla conversar con su hermano, una única idea seguía repitiéndose en el fondo de su conciencia.
No es la primera vez que la encuentro.
Y, en algún lugar del palacio, una anciana criada de cabellos completamente blancos alzó la vista durante un breve instante.
Sus ojos, de un gris tan claro que casi parecían transparentes, contemplaron a los tres desde la sombra de un corredor.
Después bajó lentamente la cabeza y continuó su camino como si no hubiera visto absolutamente nada.
Aunque, en realidad, acababa de reconocer una historia que llevaba siglos contemplando.
La historia continúa…
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